Big Bang politícos de segunda generación

Por Matías de Urraza


En los primeros años del regreso de democracia en Argentina la población eligió como presidentes a quienes mejores representaban su demanda de ese momento.
A una población sedienta de democracia Alfonsín la conquistó recitando el preámbulo de la Constitución frente a un Herminio que alegremente quemaba el cajón de la UCR frente a una militancia más sedienta de lucha y venganza que de valores republicanos.
Años más tarde una debacle económica llenaba de nerviosismo e incertidumbre a las familias argentinas.  La esperanza de una revolución productiva y estabilidad económica hilvanó diez años de un Menem que supo interpretar formidablemente la coyuntura del momento.
Todo acabó con un clima de sospecha de inmoralidad que derivó en quien representaba todo lo opuesto: Fernando De la Rúa.  Un contrato moral con la sociedad que se rompe pocos meses después con la renuncia de su vicepresidente Chacho Álvarez denunciando coimas en el Senado que él mismo presidía.
Tantas demandas insatisfechas  en tan poco tiempo llevaron al 2001  un Big Bang político según la definición del Vasco Amondarain, uno de los más finos analistas de la democracia moderna argentina.  Él sostiene que allí se dio un quiebre en la sociedad que tuvo su reflejo en el quiebre de partidos políticos.
Stephen Hawking fue quien inventó la teoría del Big Bang.  Él sostenía que hubo un momento de inicio del universo en el que una enorme cantidad de materia de concentró a gran presión en algo similar a una pelotita de golf. Eso produjo una explosión de derivó en millones de partículas de materia que generaron el universo tal cual lo vemos hoy. 
Amondarain utiliza esa analogía para explicar lo que ocurrió en el 2001.  La política argentina tuvo su Big Bang y en dos años después tuvimos cinco candidatos a presidente que sacaron entre 13 y 24 puntos, tres provenientes del peronismo y dos provenientes del radicalismo.  Era el principio del fin de los partidos de masas que habían dominado la escena política en el siglo veinte y la incubadora de las agrupaciones protagonistas de la grieta posterior.
Lo que vino después podríamos llamarlo Big Bang de segunda generación.  Son cambios de signo político de elección en elección a raíz de un factor o hecho determinante como colofón de una sociedad indignada por distintos motivos.
El primer caso lo vemos en la elección del 2009.  La misma población que en el 2007 había aportado los votos al Frente para la Victoria transversal e inclusivo de Cristina y Cobos se siente golpeada por la batalla contra el campo.  Ese fue el punto de quiebre para el triunfo de Francisco De Narvaez un año después.
Cuando parecía que en el 2011 la Argentina podía cambiar de color político, un hecho inesperado cambió todo.  El 27 de octubre de 2010 muere Néstor Kirchner.  El impecable luto de la presidente fue el punto de partida para la escenificación de una victoria electoral sin actores de reparto.  Un amigo que hoy reporta a la filas de oficialismo me hizo entender la lógica de ese momento cuando me dijo que el momento más importante de su vida fue cuando entró al funeral en la Casa Rosada bajo la bandera de La Cámpora.
Ante tamaña victoria no había motivos para una victoria opositora en 2013.  Sin embargo, otro hecho inesperado ocurre el 13 de marzo de ese mismo año Jorge Bergoglio es elegido Papa.  Una imagen para definir el momento fue el slogan de Massa: “Algo nuevo cambia todo”.   Todo dicho.
En el 2015 estaban las condiciones dadas para que el ganador sea el mismo que en el 2013 pero no fue así.  Otro hecho de profunda significación fue uno de los determinantes de la victoria de Cambiemos: la muerte del fiscal Nisman. Buena parte de la población responsabilizó por esto al gobierno y desechó cualquier posibilidad de cambio con continuidad o continuidad con cambio como se hablaba hasta ese momento.  Fue el momento del cambio total.
La elección del 2017 no pudo ningún hito que pudiese cambiar el signo político de ganador y por eso pasó lo que pasó.
Ante la elección del 2019 varios apuestan porque en elector pesen más los valores éticos que los económicos.  Otros porque lo emocional pese más que lo racional.  Algunos quieren tragedia…otros una elegante despedida u otra oportunidad.
Lo único cierto en el país que vivimos es que todo es incierto.  Un nuevo Big Bang ensanchará un costado geográfico de la grieta o tal vez la tape.  Lo cierto que hay una creciente porción de la ciudadanía que está harta de vivir cómo en Estados Unidos en la década vietnamita. Queremos retirar las tropas de la Vietnam, pero todos los días hay un muerto y no podemos. Todos los días hay un tema por el que somos obligados a tomar posición, blanco o negro, todo o nada.
Tal vez el próximo Big Bang sea distinto.  Esperemos que no sea motivado por un hecho trágico, pero sí por algo que nos lleve a buscar la unidad y el diálogo por encima de las diferencias y las divisiones.  La hiper fragmentación  y exacerbación del individualismo actuales hacen ver como imposible esa idea.   En otras ocasiones los Big Bang tuvieron que romper los imposibles…    

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