Vivir en un Boca-River
Por Matías de Urraza
Días pasados estuve con el decano de una facultad de una de
las más importantes universidades de Argentina.
Mientras analizaba la realidad política y social de nuestro país me
decía que estaba harto de habitar en un país donde todo se vive como si fuera
un Boca-River.
Pocas horas después de escuchar esa analogía, la realidad
fue contundente para confirmar la locura en qué vivimos como país. Los piedrazos
que recibió el colectivo que trasladaba al plantel de Boca son mucho más
que una manifestación violenta por parte de un puñado de hinchas de River.
Miles de proyectiles en el aire marcan cómo vivimos los
argentinos hace ya casi una década.
Tomamos posturas irreductibles en los más diversos temas. Vivimos y proclamamos un pluralismo teórico
que dura mientras el otro piensa igual a nosotros y se desvanece cuando lo hace
distinto.
Estamos dispuestos a escuchar al otro siempre y cuando diga
algo que vaya en la línea de lo que pienso. El resto es basura que no merece
ser escuchada. Por estos días alguien
llegó a admitir que es un error dar espacio para que todos puedan opinar en la
escena pública. Es el pensamiento único
en su máxima expresión.
A ambos lados de la grieta, hay tantos políticos que gozan
de su condición de víctima como lo que lo hacen la de victimario. Como me supo decir algún viejo zorro de la
política: “se sientan a contar los votos” detrás de cada controversia cuya
virulencia es festejada en twitter con una ansiedad y gozo inusitados para el
odio que generan.
En el medio hay una población que mira y espera. Algo así como el hombre solo del que hablaba
Scalabrini Ortiz. Ciudadanos llenos de
hastío como el decano…Quieren superar las diferencias, vivir con cierta
normalidad, sin ser interpelados a vida o muerte con cada tema. Hartos de rendir examen ante una política
argentina que muestra más violencia mediática y autismo que diálogo.
Población desconcertada, un hastío posiblemente no llegue a
las urnas y una clase política que parece disfrutar del rival que tiene
enfrente. Todo pide un cambio de
mentalidad, un entender mejor la realidad y una porción de grandeza por parte
de la dirigencia.
En Semana Santa de 1987, dirigentes opositores se unieron al
presidente Alfonsín para expresarle su solidaridad ante un posible
levantamiento militar que pusiese en riesgo la continuidad democrática.
Gracias a aquel apoyo, hoy no existe – a simple vista –
riesgo que ocurra algo de esas características.
No hay riesgos para la democracia, pero si hay dificultades de índole
económica y social.
Tal vez sea el momento que una un grupo de dirigentes
oficialistas y opositores muestren a la gente un conjunto de coincidencias que
lleve paz y tranquilidad a la población.
Una muestra de unidad en la lucha contra la violencia en todo los
sentidos: física, verbal y hasta moral.
No se trata se “quedar pegado” o no. Se trata del bien del país. De buscar puntos de unidad, de dejar de
pensar en sí mismo para pensar en los demás. Se trata de escuchar, de dialogar,
de entenderse. De aprender del otro.
Pasamos unas horas espantosas. Ojalá sirvan de disparador para cerrar esas
diferencias que no permiten el diálogo y profundizan divisiones. Es el momento en que cada argentino sea
generador de unidad con todas las dificultades que eso conlleva. Es el momento de decir basta y mirar para
adelante todos juntos.

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