El país de Maradona es una ciénaga
Por Matías de Urraza
Sin dudas, uno de los exponentes deportivos más importantes
que dió el país es Diego Armando Maradona.
Ese jugador inolvidable que jugaba y hacía jugar. Aquel que siempre vamos a extrañar por sus
resultados deportivos.
Es más, Messi nunca se le perdona que no haya logrado lo
mismo que el Diego. Inevitable e injusta
comparación para dos jugadores extraordinarios en épocas y situaciones distintas. Somos así y siempre esperamos un distinto que
nos lleve a la gloria sin importar el precio a pagar.
Somos así…Vivimos esperando la llegada de un diez para todos
los aspectos de nuestra sociedad: que solucione la economía, elimine la pobreza
y logre el pleno empleo. No importa cuál
sea el proyecto de país, importa que venga un líder carismático que nos traiga
soluciones.
Y en el mientras tanto de esa espera, le echamos la culpa al gobernante de turno del
color que sea y seguimos peleándonos entre nosotros. Mucho se habla de la grieta y su profundidad,
pero esta vez prefiero hablar de otro fenómeno de la naturaleza: la ciénaga.
Más allá de ser el lugar que le dió nombre a la famosa
película de Graciela Borges, es una buena imagen para definir el estado en que
nos encontramos los argentinos. Vivimos
en una eterna pelea entre nosotros por los más diversos temas sin poder salir
de ahí.
La ciénaga es un terreno pantanoso, lleno de charcos y lodo. Allí estamos como país dónde nadie discute
que un tercio de la población está bajo la línea de pobreza y – después de
quince años – nos acostumbramos a eso.
Charcos y lodo hacen que sigamos empantanados con una
inflación galopante hace más de diez años y no podemos resolver. Buscamos salir
y no sabemos por dónde.
No quiero seguir con la extensa serie de cuestiones a las
que ya nos hemos acostumbrado los argentinos y que motiva a buscar esa salida
de la ciénaga por medio de Maradonas. Sin
duda ese pantano tiene una cuota de asfixiante corrupción y otro tanto de falta
de unidad entre ciudadanos.
La falta de solidaridad y unión hace que cada cuál tenga una
solución distinta para problemas comunes: que las personas estén por encima de
los proyectos y no al revés. Nadie quiere aportar una solución porque se
prefiere jugar al error ajeno.
Acostumbrarnos a llevar más de diez años con la mitad de
nuestros chicos sumidos en la pobreza habla de un país mentalmente derrumbado. De esto sólo se sale trabajando y
trabajando. Con mucha humildad para
reconocer que no siempre tenemos razón y que hay que estar muy pendiente del
otro para sacar uno a uno a los que estén en situación de vulnerabilidad
social. Cada uno podemos hacer más y nadie queda exceptuado de hacerlo.
Hay que dejar los enfrentamientos, buscar en nuestras
mochilas cuáles son las herramientas que tenemos para salir de la ciénaga y
cuáles son las cosas que nos pesan y no nos dejan salir de ella. La población
está hastiada de discusiones que tapan los problemas reales.
Parece una utopía, pero hay que hacer el intento. Es un
desafío no apto para quienes disfrutan de los charcos y pareciera que nunca
quieren salir de ahí. Es tiempo de
superar antinomias y enfrentamientos. La
pobreza mata y llena de desesperanza: no sólo a quienes la viven, sino también
a quienes se acostumbran a vivir en ella.
Comienza un año electoral.
No puede ser un tema de plataforma de campaña ni de marketing político. Tiene que ser un compromiso de toda la clase
política y de toda la sociedad. La
Argentina es un país que no se merece ni un pobre más. Hasta que no reconozcamos el problema y no nos
decidamos a solucionarlo no saldremos adelante.
Es un tema de todos y se soluciona entre todos.
Feliz Navidad!

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