Políticos y redes sociales: Napoleón vuelve a invadir Rusia
Por Matías de Urraza
En 1812, Napoleón lideró la invasión al Imperio ruso en lo
que fue un punto de inflexión de las Guerras Napoleónicas. La campaña redujo las fuerzas de invasión
francesas y aliadas a menos del veinte por ciento de su capacidad inicial.
Este episodio de la historia universal, novelado
brillantemente por Tolstoi en La Guerra y
la paz dejó un saldo de 380.000 muertos, 100.000 heridos y 100.000
prisioneros. Pero para el líder francés el
saldo fue peor: fue a Rusia con
ansias de terminar de conquistar el mundo y volvió con las manos vacías. La
inicial heroicidad de pelear contra la adversidad del clima y del enemigo
en su conjunto terminó de la peor manera.
Este breve y pobre resumen de uno de los hechos decisivos en
la historia de la modernidad sirve para explicar lo que pasa con los políticos
argentinos cuando se sumergen en las redes sociales. Van con la idea de
conquistar nuevas audiencias y terminan siendo esclavos de su propio club de
fans.
Una de las frases más famosas de la inmortal obra de
Shakespeare Macbeth es No tengáis miedo a
la grandeza. Tal vez ese natural miedo a la grandeza es lo que le hace al
político argentino disfrutar de una amable zona de confort comunicacional lejos
lo disruptivo que genera todo debate con propios y ajenos.
La mayoría de los políticos suelen evitar ideas que los
expongan a la agresividad de twitter: tal vez por no tener demasiadas ideas
provocativas o por querer preservar sus psiquis de las shitstorms. Pero tampoco
generan diálogo en facebook o comunidad en instagram.
Viven así en un aura de narcisismo. Desde un atril virtual le hablan sólo a los
propios, niegan que existan los que están del otro lado de la grieta y la
realidad los sorprende con situaciones que no pueden explicar.
El consumo de likes les hace perder contacto real con la
gente, entender sus problemas de primera mano y perder profundidad en el
análisis de una realidad multicausada. Terminan por dejar de hablarle a la
gente para hablarse a sí mismos. Eso los
deja contentos y satisfechos.
La dificultad está en que quieren más al poder que a las
audiencias, sin entender que éstas últimas son las que hay que seducir y
conquistar para lograr una transformación efectiva en la sociedad. Un público cada vez más diverso, heterogéneo
y demandante.
La ciudadanía no necesita tanto escuchar o leer como ser
escuchada. Tomó la decisión de darle la
espalada a quien no la escuche. Empatía le dicen. Lo más natural de la persona
humana se hace presente en la lógica política actual: amar y ser amado. El
ciudadano necesita que lo escuchen, en lo posible que lo entiendan e idealmente
que lo ayuden a resolver sus problemas.
Los políticos que no entiendan esta situación seguirán
aumentando la distancia que hay entre la dirigencia política y la población hoy
en día. Ojalá haya un grupo de audaces que tengan la osadía de lanzarse al
fragor de la muchedumbre, de abrazar sus problemas sin cara de asco y llorar
junto a ellos con la ilusión de solucionarlos.
No es vana emotividad de campaña. Es política e ideología en estado puro:
preocuparse realmente por los demás y acompañarlos en sus dramas. Y además es
pura ganancia: en lo político, en lo comunicacional y en lo humano.

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