Fake news en tiempos de grieta
Por Matías de Urraza
El Diccionario Cambridge define a las fake news como
«historias falsas que parecen ser noticias, difundidas en Internet o usando
otros medios, generalmente creadas para influir en las opiniones políticas o
como una broma».
Si bien puede parecer
algo tan viejo como las campañas negativas en política, que tan de moda
estuvieron algunas décadas atrás, se han
adaptado a los tiempos que corren. Van
al ritmo de la instantaneidad de la comunicación actual y se han transformado
en una herramienta decisiva en algunas de las últimas campañas electorales.
Tal vez el ejemplo más
cercano lo tengamos en Brasil, donde Jair Bolsonaro tuvo una maquinaria de
propaganda electoral muy bien aceitada, que trabajó a destajo para
difundir información fabricada contra su principal adversario, Fernando Haddad. Fue una estrategia de probada eficacia y los
resultados están a la vista.
En Argentina empezó la
campaña y también arrancaron las fake news.
A diferencia de Brasil, aquí no tienen un único blanco o rival
electoral. No se usan para atacar sino
para defender: como dice el viejo dicho “no hay mejor defensa que un buen
ataque”.
La principal fuerza opositora
se ha convertido en una usina de este tipo de noticias, que han tenido blancos
específicos. Luego que el gobierno definiera
como ejes de campaña la obra pública y la transparencia, apuntó a un emblema de
cada uno de esos temas.
Pocos niegan la
eficacia del jefe de gobierno porteño en materia de obras y fue una de las
víctimas de una fake que circuló por whatsapp en el último mes. Lo mismo ocurrió con uno con un conocido
fiscal que encabeza la lucha contra la corrupción en el país y un periodista
que armó un documental perjudicial para esa fuerza política. Son ataques a rivales electorales o enemigos
de distinta índole, ya sea judicial o
mediática.
En el caso de quienes
más están utilizando las fake en Argentina entramos en el farragoso terreno de
las falacias ad hominem. En lógica se conoce como argumento ad hominem a un tipo de falacia que consiste en dar por sentada la falsedad de una
afirmación tomando como argumento quién es el emisor de esta. Para utilizar esta falacia se intenta desacreditar a la persona
que defiende una postura señalando una característica o creencia popular de esa
persona.
Hay una parte
importante de la población que se siente engañada por el gobierno anterior
(mucho más luego que van saliendo a la luz algunas cuestiones judiciales) y
cualquier noticia que haya sido generada en sus usinas le parece falsa y es
desacreditada inmediatamente.
Por eso, una estrategia
de campaña que fue eficaz en otros lugares del mundo, en Argentina puede tener
una eficacia magra y dar origen a contra operaciones que pueden tener una
eficacia inesperada. No todo lo que
funciona en el mundo necesariamente tiene que funcionar acá.
Aquí tal vez logre sólo el sobrio objetivo (aunque no por eso menor) de consolidar el público propio separándolo aún más del candidato rival, sin dejar dudas de la extensión de la grieta.
Tal vez sea tiempo de
tener cautela, estudiar mejor al rival electoral – que seguramente tiene
flancos débiles reales – y en función de eso definir una estrategia. Entrar en una guerra de guerrillas de fake
news en una contienda electoral donde los actores que las originan están más
que cuestionados no parece ser la mejor opción.
El elector argentino ha
crecido mucho, está muy informado y las redes vienen aportando una cuota y una
demanda de transparencia que vinieron para quedarse. La ingenuidad electoral
murió bastante antes que este artículo haya sido escrito.

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