¿La hora de los economistas?
Matías de Urraza
En un caluroso mediodía del mes de febrero, almorcé con una
periodista con quien coincidimos que estábamos en una etapa del país donde la
agenda económica iba a dominar la campaña electoral de este año. Inflación,
dólar, tasas de interés, desocupación y salarios desactualizados eran y siguen
siendo temas que preocupan a los argentinos.
Una población argentina angustiada que sólo pensaba en cómo
llegar a fin de mes y sin poder pensar más allá empezó a mirar y a escuchar a
los economistas de los distintos espacios políticos como potencial salida para
esta situación.
Para ese entonces, las sandalias de Lavagna empezaban a
despuntar en el tercer sector de la política argentina, Axel Kicillof era un
rockstar que se paseaba por las playas con un megáfono convenciendo a la gente
de sus ideas y Lousteau se convertía en la esperanza blanca de la UCR para
enfrentar en una PASO al presidente Mauricio Macri.
En los días que siguieron a aquel almuerzo todo pareció
confirmarse. La economía empeoraba de un
modo directamente proporcional al deterioro de la imagen presidencial y su
caída de intención de votos. En sentido
contrario, subía la imagen de Cristina Fernández de Kirchner como modelo
contrapuesto. Como reacción a esto, subía el riesgo país y el dólar al mismo
tiempo.
Todo se había vuelto un agitado círculo vicioso hasta que la
principal líder opositora tomó una decisión tan inesperada como en apariencia acertada:
presentó un candidato a presidente con tono moderado, que dista de querer
llevar a Argentina al modelo de Venezuela y da cierta tranquilidad a los
mercados.
Desde el anuncio de la fórmula presidencial opositora, el
país lleva unos días de tranquilidad económica, cuestión que – paradójicamente
- necesitaba el presidente para su plan electoral. Si todo sigue así, el
oficialismo llegará a la elección de agosto con una economía golpeada, pero
previsible.
El lanzamiento presidencial de Alberto Fernández se
constituyó en una acción de doble efecto. Como todas estas acciones, tuvo una
consecuencia buena no sólo para los mercados sino también para el espacio
político kirchnerista que adhirió – en su totalidad – a la candidatura y abrió
los brazos a otros peronistas más de centro.
Como contraposición, el efecto malo es que logró lo que el oficialismo
necesitaba: una economía calmada, que disminuyese la sangría de votos de los
últimos meses.
El nuevo escenario impacta en lo que hasta podíamos llamar
“la hora de los economistas”. El crecimiento electoral que venía teniendo
Lavagna se vió frenado. El ex ministro
le sacaba votos al presidente por cada minuto que la economía se deterioraba. Ahora,
si tiene reales ansias de poder, deberá mostrar algo más que aptitudes técnicas
en uno de los terrenos más sensibles de cualquier país.
Otro que tendrá que reformularse será Axel Kicillof. Con la candidatura a la gobernación de Buenos
Aires, deberá dejar de hablarles a los bonaerenses de problemas económicos para
empezar a decirles cómo resolverá los nudos gordianos de la gestión
vidalista. Enfrente tendrá una
gobernadora que le echará en cara la pesada herencia de 28 años de peronismo
bonaerense. Es algo insuficiente luego de cuatro años de gobierno, pero
necesario para polarizar y rivalizar.
“Cambia, todo cambia” cantaba Mercedes Sosa. La economía
parecía tener maniatado el escenario electoral y – de golpe – la política volvió
a tomar las riendas. Los economistas de
cada espacio tendrán que demostrar si tienen la flexibilidad necesaria para dar
el salto grande, dejar de ser solamente buenos técnicos y que además tienen
capacidad de liderazgo político.
La historia será testigo de si llegó su hora o simplemente estaban
destinados a ser actores de reparto de la misma.

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