Un presidente al filo de la grieta


Por Matías de Urraza

El presidente Alberto Fernández llegó al poder con el slogan “Es con Todos”.  En el medio de la crisis sanitaria desatada por la pandemia, empezó a hablar de “Argentina Unida”.  Se mostró en reuniones con gobernadores y alcaldes opositores como imagen superadora de la vieja antinomia CFK-Macri.
Una remontada extraordinaria de su imagen en la encuestas, le hizo creer que un futuro con el país en unidad y concordia era posible. Tal vez llegó a pensar que entre todos los ciudadanos se iba a generar un espíritu de solidaridad que ayudara a sacar al país adelante, sin perder las ideologías, pero también superando las diferencias.
La política, una ciencia que el presidente conoce en profundidad, se convirtió en su enemigo íntimo.  Propios y ajenos visualizaron el riesgo de dejarlo gobernar solo, a tiro de decreto.  La tercera de ley de Newton, que hace referencia al principio de acción y reacción, volvió a reflejarse en la política.  Empezaron las disidencias desde distintos ángulos.
Los primeros en reaccionar fueron los empresarios.  Luego de recibir algunos de ellos el mote de “miserables” por parte del mandatario, salieron por distintos medios y redes a explicar las dificultades que tenían por no tener mercado para vender sus productos, al tiempo que seguían pagando los sueldos de sus empleados.
Cargó más aún las tintas el oficialismo cuando propuso el tratamiento del impuesto a los grandes patrimonios.  Hay empresarios en Argentina que tienen fortunas superiores al valor del patrimonio neto de YPF.  Si en vez de destinar su dinero a pagar un impuesto, destinaran la misma suma a generar empleos y producir, la ganancia para el país en su conjunto seguramente sería mayor. Apostar por ese impuesto es poner un freno a quienes pueden ayudar en la reconstrucción.
Después vino la comparación, por parte del mandatario argentino,  con el modo que está teniendo el gobierno chileno de llevar adelante la atención de la pandemia. El país vecino respondió con rigurosos argumentos científicos y una carta diplomática.
Ni más ni menos que una tensión innecesaria para los tiempos que corren. Salir de la crisis exigirá cooperación entre naciones y no es buen momento para cerrarse como país (conclusión que vale también para la posición argentina respecto del Mercosur).
Pero la cuestión que detonó la bomba más grande fue el tema de la concesión de prisiones domiciliarias y excarcelaciones por parte los jueces.  Es cierto que ellos son los responsables de los fallos y sentencias que firman.  Pero también es cierto que son fallos con alto contenido político y no se hacen a solas.
Allí se abrió un frente que deja muy expuesto al presidente.  Si bien la justicia está cuestionada en el país, también hay que decir que en una democracia madura – como la argentina- la población sabe que hay un cierto grado de influencia del Poder Ejecutivo sobre el Judicial. 
En la coalición gobernante hubo disparidad de pareceres respecto de esta cuestión.  Se escucharon diferentes voces, hasta que se ordenó la comunicación oficial y se terminó derivando la responsabilidad al Poder Judicial.  La Asociación de Magistrados sacó un comunicado reclamando independencia y  dejar de lado expresiones que puedan sonar a extorsión.
Alberto Fernández se encamina a declarar la quinta quincena de cuarentena.  Tal vez sea con mayor fexibilidad que la anterior.  Sin embargo, hay una porción creciente de la población que no está dispuesta a seguir obedeciéndole.
Por un lado, están aquellos que empiezan a considerar excesivo un confinamiento tan estricto para un país que necesita producir y no ha tenido hasta ahora una explosión de contagios.  Además hay grupos contestatarios que quieren quebrantar la cuarentena como muestra de rechazo por las excarcelaciones y prisiones domiciliarias de los últimos días.
Todo es potencial y tal vez no ocurra nada de esto.  Si llegase a ocurrir, habrá facciones oficialistas que saldrán a tildar de irresponsables a ciudadanos que buscan modos de protestar no como un estilo de vida sino como un modo de sobrevivir. 
El presidente conoce mejor que nadie la crisis y sus riesgos.  Por eso, es una decisión difícil la que debe tomar.  No alcanza con escuchar el consejo de epidemiólogos.  Hace falta mucho más.  Son horas críticas en las que deberá decidir lo mejor para la nación.  Mientras tanto, la grieta empieza a ganar profundidad.

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